Theodor Adorno y Max Horkheimer – Lecciones de Sociologia

Adorno, como los otros filósofos de eso que ha dado en llamarse Escuela de Frankfurt, pertenece a una tradición de pensamiento crítico que ha hecho del principio de corporalidad y el recuerdo de las víctimas uno de los nódulos centrales de su aparato teórico-conceptual. El cliché de asumir la impenetrabilidad y/o dificultad de su escritura puede adoptar asimismo una forma mnémicamente neutral-izada que negaría a Adorno la posibilidad de decir algo a América Latina o a los empobrecidos del capitalismo periférico; puede adoptar también una forma racionalizada de mediocridad con el clásico ad hominem que acusa al frankfurtiano de pesimista, elitista o incomprensible. Marx ironizaba en El manifiesto la reacción conservadora con una imagen viviente, es decir, la proyección de lo no viviente de la misma, así como el carácter fragmentador de la organización capitalista de la existencia sobre el cuerpo y la psique, como condición de extracción de riqueza: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes”. En efecto, la descorporeización elevada a norma simbólica de control social expresa asépticamente la depauperación física y moral estructural a que es sometido uno de los “contratantes” de la relación laboral que sanciona el trabajo enajenado, y específicamente la relación del obrero con su producción en tanto que nodo articulador de servidumbre históricosocialmente particularizada, como determinación negativa. En su primera generación (Fase Grünberg), el Instituto de Investigación Social enfrenta el desafío de proveer soporte científico a la praxis del movimiento contemporáneo de los trabajadores, haciéndose cargo tanto de la caricatura organizada del marxismo soviético, como del fracaso de la revolución social en Alemania de 1918 y 1919, en un momento que consideraban, de transición del capitalismo al socialismo. La sistemática cooptación de obreros por la socialdemocracia, caracteriza el proceso regresivo de contestación que enfrenta la segunda generación del Instituto (Fase Horkheimer). En ese sentido, la consigna para una praxis concreta requería el trazado de la génesis de esa regresión. De ahí que el psicoanálisis, que figuraba desde antes de 1933 dentro de las herramientas de trabajo del Instituto de Investigación Social, comienza a enfocarse en el estudio de la autoridad y la familia, (estudio en que colabora incluso Erich Fromm) para el estudio de los procesos psíquicos que intervienen en la configuración de determinado tipo de individuo al interior de la racionalidad capitalista, la psicología de masas, la abstracción la razón con preeminencia de la razón subjetiva, el estudio del fascismo, posteriormente al análisis de la industria cultural y la sociedad en el capitalismo tardío. Filosofía, sociología y psicología (3), serán operacionalizadas por los miembros del Institut en una nueva analítica. La tendencia a fragmentar el cuerpo y el pensamiento del capitalismo, que había seguido trabajando, convertía la ironía fantasmagórica de Marx en una profecía y al sujeto autónomo kantiano en su reverso. Por ello teoría del fetichismo de la mercancía requería una mayor determinación en función de comprender este tránsito hostil a tendencias negativas. Si toda reificación es un olvido, la eclosión de lo obturado entra a jugar en primer orden, contra la tabuización de la desviación social y la sistemática desexualización de la existencia en función de lo existente, como bien lo sabía Freud. Adorno, Horkheimer y los colegas del Instituto constatan que el orden individual atomizado en tensión con una estructura social desestructurante, tendría repercusiones afectivas importantes, toda vez que los contenidos arcaico bestiales en la psique del individuo pasan a ser recapitulados con su reducción a la impotencia, extrañado ante los poderes inescrutables de un mecanismo devenido autónomo, de una segunda naturaleza. La crítica del “revisionismo neofreudiano” efectuada por Adorno, y que luego será retomada por Marcuse en su polémica con Fromm no está interesada en reproducir la teoría freudiana como un cuerpo doctrinal acabado, sino en mostrar sus potencialidades en la indagación acerca de los procesos psíquicos individuales y su articulación con lo social, teniendo como punto de partida la denuncia del imperio de lo falso/abstracto hipostasiado como verdadero, y el necesario carácter mediado histórico-socialmente de la amenaza a la subjetividad autónoma. Mientras tanto las exigencias de integración del sujeto se fijan en las calas de “el nuevo psicoanálisis”, que expresa a través del vaciamiento de determ inados contenidos, caracteres y acercamientos teórico-empíricos del psicoanálisis, aunados a una retórica predominantemente edificante. Ya el joven Adorno, percibía durante la década del veinte, el ascenso del irracionalismo en lo teórico, de la mano de Kierkegaard y la Lebensphilosophie, así como su ubicación al interior del conflicto social, en la estetización de la política. En sus Lecciones de sociología, de 1969 sostiene: “por lo demás, es interesante destacar […] que este tipo de pensamiento, tal como aparece hoy en día en el ámbito de la reflexión y la teoría social, ha aparecido anteriormente en el ámbito de la estética.

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